lunes, 6 de septiembre de 2010

Costumbres del ojo 5┇ Apuntes falsos de mi vida como nómada

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Wash me, wash me. Lávame, purifícame con hisopos. Hoy que la noche se cierne agorera, lava la muerte cierta. Desde luego, sólo planeamos a menor altura sobre la tierra, polvo eres y en un amasijo de hongos y bacterias te convertirás. Estreptococos, clamidias, estafilococos, gusanos, protozoarios, polvo vivo, nitrógeno eterno.

En México hay días malos y días peores. Estoy cansado, tengo insomnio, mi cuerpo no responde. Hago viajes de tres horas entre gente que parece tan dormida como yo, en transportes que se desmoronan apenas instalados. Me siento intoxicado, al borde de la anafilaxis, de la septicemia, de una crisis que terminará con mi cuerpo de manera fulminante. Recibo todos los días por Internet pensamientos positivos de Helen Keller, de George Bernard Shaw, de Thomas Carlyle. Como bálsamos eléctricos, esas muestras del peso de lo inmaterial a veces logran reconciliarme con el mundo, aunque sea por unos segundos. Luego vuelvo a sumergirme en el marasmo.

Hoy me dijeron que el 70 por ciento de los mexicanos experimenta una sensación de desasosiego o desánimo, y me pregunto si –junto a los anuncios publicitarios que promueven el nacionalismo con motivo del bicentenario–, ese puede ser considerarse un criterio de clasificación existencial.

A lo lejos brillan las luces de Diomira, la primera ciudad de la memoria descrita por Ítalo Calvino: “ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro, que canta todas las mañanas sobre una torre”. El gallo de oro vuela desde mi infancia a curarme a picotazos la hybris del destierro voluntario.

A lo lejos brilla la fuente dorada de Hércules frente al Palacio de Pedro el Grande, la pirámide de vidrio de Pei frente al Louvre, el edificio del parlamente de Kampala, el pilar de cristal de San Brandán, el desierto del Sahara marroquí descrito por Paul Bowles y la ciudad prohibida de Beijing filmada por Bertolucci.

Pero en el fondo todos los mitos son el mismo mito: estoy lejos, desterrado y feliz. Vivo en París en una buhardilla, me infecto de jazz y vanguardias heroicas. Vivo en el Village, soy vecino de David Bowie, de Philip Glass y la Princesa TNT, voy a cenar a La Côte Basque y me entero de primera mano de todos los chismes jugosos del mundo, conozco a todos los escritores, tomo cocteles con Maman y con Kiki, y con Mayakovski y con García Lorca y con Whitman y con Safo.

Estoy y no estoy en la colonia del Valle, en la Condesa, en la Roma, en Coyoacán, en el Centro Histórico, en el Ajusco, en la Juárez, en la Cuauhtémoc. Como Frida, me voy, borrachita me voy, para la capital. Como Diego, me voy, como Tamayo y Olga, como Tarkovski a escribir mi nostalgia, a cantar de lejos que bonita es mi tierra y el cielo donde he nacido, la ciudad de la hipérbole, la ciudad de los ojos, las loas a la posibilidad y al encanto de la representación de lo que no está más, ni ha estado nunca, ni estará.


Imagen: Untitled Film Stills # 21, Cindy Sherman, 1978.

1 comentario:

Mardel dijo...
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