domingo, 20 de junio de 2010

18 técnicas infalibles para mortificar al amado más prójimo

1. Nihilismo conductista: “– ¿Qué tienes? –Nada”. Funciona de maravilla cuando la víctima se halla de excelente humor.

2. La mártir nocturna sin transporte. Habla por sí mismo. Variante letal inefable: el susodicho ni a coche llega y se ve impelido a pedirle aventón a sus amigos. Si el hogar de la mártir se ubica en el Ajusco, mejor.

3. “Todo por amor”. Premisa estructural del que lo da todo sin reservas y sin expectativas (para víctimas que te hieren con su jactancia de tener una vida propia).

4. “Yo no soy un capricho de Goya, soy un ser humano”. Premisa de autodefensa ante la frase “ay, la verdad cansas”.

5. “Pues me voy” estrategia relámpago cuando la víctima se halla peligrosamente cerca de adquirir un nivel superior de conciencia y control de sus emociones (la distancia recorrida por el mártir en dirección opuesta a la víctima debe ser directamente proporcional a la intensidad y valor de sus sentimientos).

6. “Tenemos que hablar”. Ante todo, la felicidad es un constructo. Generosa propuesta para reactivar el lazo comunicacional cuando los hechos no superan a la ficción. Técnica con alto grado de sofisticación y dificultad aplicable en víctimas lacónicamente inexpertas.

7. “¿Yo, qué soy para ti?” Pregunta oportuna para ayudar a la víctima a tomar una decisión importante como cambiar de trabajo, presentar un examen de titulación o decidir su nuevo lugar de residencia.

8. “Cuéntamelo todo”, la infidelidad no acaba en su mera confesión. Su relato detallado por parte del acusado ayuda a fundamentar el rencor en aras de un cristiano perdón.

9. Clases y estratificación social. “Cada quien” indiscutible expresión de tolerancia necesaria para confirmar tu jerarquía social. Debe acompañarse con una mirada de solidaridad y sobre todo apoyo frente a elementos étnicos y culturales que están por demás fuera del control de la víctima.

10. “Primera y última vez que tolero algo semejante” estrategia reiterativa de control sobre la libertad de acción de la víctima. Perfecta contra individuos espontáneos, alegres e impulsivos.

11. El valor de la ubicuidad. “Pero yo te amo”. Expresión del incalculable valor de ser amado por uno. Indispensable cuando la víctima corra el riesgo de vivir cualquier experiencia sin nuestra amorosa omnipresencia.

12. Invalidando al Pípila. “Mi amor no es una lápida”. Manifestación purista y desinteresada de la libertad que otorga nuestra generosa capacidad de amar sin oprimir. Alivia a la víctima de su injusta sensación de asfixia.

13. “No te preocupes, yo también quiero que tomemos las cosas con calma”. Placebo tranquilizador ante eventos tales como el casual descubrimiento del vestido de novia en la cajuela o la casual visita inesperada de tus padres.

14. Existencialismo responsable. “Tu no eres culpable de mi desilusión”. Aclaración no pedida, acusación manifiesta que confirma nuestro honesto y claro diálogo interior.

15. El poder del perdón. “No te preocupes, nadie es perfecto, yo no soy quien para juzgarte”. Burbujeante coctel de culpa y reducción del valor del otro aderezado con el refrescante sabor de nuestra bondad.

16. Parásitos por amor. “Bueno, pero la próxima vez yo invito”. Cortés expresión del martirio de no poder evitar ser amado que sirve como eficaz conjuro contra cualquier malsano intento de comprar nuestro cariño.

17. La constante unicidad del amor. “No había amado a nadie tanto como a ti”. La más bella declaración de amor. Relajante confirmación de la constancia de nuestros sentimientos.

18. El amo del tiempo. “Perdón, pero cuando ya iba de salida mi hermano me pidió un aventón hasta Ciudad Neza”. “Es que fíjate que tuve una epifanía hoy en la mañana y me dejó alterado todo el día”. “Llevo media hora buscando estacionamiento”. Nunca es tarde para demostrar que los horarios son para gente esclavizada por el sistema, de espíritu burocrático e incapaz de comprender el flujo del Tao y de contemplar el devenir. Si el tiempo es, como dijo Norberto Elías, arbitrario y subjetivo, es obvio que sólo puede haber una medida individual de él: la tuya. El limbo en el que flotan los demás fuera de tu presencia sencillamente no existe. Sobre todo, nunca olvides lo insignificante que es la impuntualidad y jamás permitas que te la reclamen. ¿Acaso eso vale tu amor, tu amistad, tu presencia?

jueves, 13 de mayo de 2010

Playa de los muertos




Parafraseabas a las hormigas en la mesa, la música del desayuno, los saludos. Había una tortuga con el caparazón roto tirada por la marea, con los ojos explotados, el proctodeum colgando. Querías tomar la foto del arco de las rocas antes de que el sol subiera y fuera demasiado tarde. ‘Un lugar agradable en la playa’ se llamaba el sitio enfrente de la sombra. Oscilando más lentamente que las olas, entre los tulipanes como heridas del hospital de Sylvia Plath, los poemas de amor por editar, heridas a punto de sanar, días de sol bajo frondas de palabras. Apenas descubriendo rutinas y manías lógicas, las cosas que hay que hacer y las que no hay que hacer para distribuir mejor el tiempo, arabas las horas con miedo del final del día, abierto a tus nuevas vidas y tus nuevas ansiedades.
Se suponía que, pero seguía una lista. Demasiado cotidiano para tener valor literario; doce horas son muchas horas y catorce horas son pocas horas; internet entrega cartas del más allá; la escatología del parentesco y la venganza; tarde o temprano algo va a cambiar con el esfuerzo necesario; el mundo no es el mismo, finalmente, veinticinco años más tarde; el significado pasa por la digestión; los temas se comen las palabras, el proyecto más importante, el determinante, el futuro, dentro de muchos años, cuando llegue la cura contra todos los males.

jueves, 18 de marzo de 2010

Texto de Notimex sobre Quimera en Nueva York


http://www.eldemocrata.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=7340:debaten-en-ny-presencia-de-literatura-homosexual-en-mexico-&catid=26:cultura&Itemid=27

Reflexión presentada en NYU el 11 de marzo de 2009

La sexualidad, el género, son una parte indisociable de la identidad. Escribo a partir de mi identidad, inevitablemente, pero también escribo desde un punto externo, desde un escritor que no soy yo: ese escritor es una entidad social, lingüística. Es un doble, o una serie de dobles: no conozco cuántas capas de profundidad tiene, sólo cómo se manifiesta. Es decir, mi identidad determina la identidad de mi doble literario, pero éste tiene una vida propia, que desconozco.
De la misma forma que la feniletilamina y otros compuestos orgánicos dilatan mis pupilas y dirigen mis movimientos en el cortejo amoroso, o que alguno de mis traumas hace que me sienta atraído por determinados tipos de personas, otras fuerzas oscuras condicionan la conducta del ensayista, del poeta lírico o elegíaco, del narrador que forma parte de una narración y que se vuelve un niño, un asesino, un turista, una madre enferma, un santo, una estudiante, un esquizofrénico.
No sé muy bien cómo hablar de ese doble y sus motivos, pues ignoro qué carga de verdad poseen los artificios que son mis textos, si es posible confiar en un personaje, en un anagrama, en un soneto.
En ese sentido, toda la creación, si está definida por un ser múltiple, dirigido a cada instante hacia propósitos distintos, sería queer por definición: extraña, oblicua, excéntrica.
Tiene y no tiene que ver con la verdadera sexualidad, de manera parecida a como el lenguaje nos remite y no nos remite directamente a la realidad. Por eso no sé si es posible juzgar el resultado literario como una parte del proceso creativo, o si hay que enajenar a la persona que escribe “escritor” cuando llena una forma migratoria, del ser que se dedica realmente a escribir, y que vive dentro del otro.
Como el dios griego Hermes, como el dios yoruba Echú Eleguá,
como todos los tricksters, los personajes mitológicos que rigen las puertas y los caminos, la voz de la creación se mueve entre lo alto y lo bajo, entre las capas superiores de la conciencia, la voluptuosidad de los sentidos y los antros de los deseos más ocultos, de las fantasías más innombrables. Tiene alas leves, piernas fuertes y un gusto perverso por la travesura y la malicia. Toma vías francas o senderos ocultos, se alimenta de lugares comunes o de algas podridas, de aguas estancadas.
A veces brota y me subyuga, me toma y me obliga a actuar en contra de la que yo creía mi naturaleza, a veces se oculta por semanas o meses, o años, a veces convive con la compra del supermercado, con la limpieza del departamento, con las vacaciones. Mi doble comparte muchos de mis gustos y mis intereses, mira la tele conmigo, lee conmigo, va al cine y come conmigo. Es más competitivo que yo, más apasionado, más irónico, más libre. A mi doble le gustan los textos tiernos pero poderosos, como los poemas de Elisabeth Bishop, de e.e. Cummings o de Ramón López Velarde, o los terribles, azotados como decimos en México, como el Réquiem de Anna Ajmátova, Los amorosos de Jaime Sabines, o Lady Lazarus, de Sylvia Plath. Mi doble tiene su propio pasado: secretamente, soñaba con ser un genio como Rimbaud,
un poeta nacional como Víctor Hugo, tener un cortejo fúnebre de seis meses que tocara todos los puertos desde Montevideo hasta Veracruz como Amado Nervo, lograr sin proponérselo que los niños aprendieran de memoria sus poemas en la escuela, como Rubén Darío:
La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
Que ha perdido la risa, que perdido el color…
Esos anhelos acechan en el inconsciente de mi doble, y le dan un carácter grandilocuente a todo lo que escribe. Luego, otro aspecto de ese mismo doble tiene que hacer un esfuerzo enorme por domar esa voz pretensiosa, por editar y transmutar en frases exactas la materia prima de la creación. Aunque me encantaría suponer que la fuente está en otra parte, ese es el material a partir de la cual se construyen mis textos: una mezcla sucia de recuerdos, obsesiones, fantasías e ideas preconcebidas.
Me encantaría pensar en mí como un poeta de la claridad, de la precisión y de la luz, un poeta que roza la materia y la transfigura, un poeta capaz de tomar un cuadro de Claude Monet, como hizo Octavio Paz con el cuadro de los cuatro chopos que está aquí en el Museo Metropolitano, y transformarlo en una construcción poética perfecta, simétrica.
Pero no me hago ilusiones: creo estoy mucho menos involucrado en el proceso creativo, que tengo un poder de decisión muy menor, a veces incluso creo que escribo sobre lo que puedo, no sobre lo que quiero, y que si no tuviera otra faceta obsesiva y meticulosa me sería imposible terminar cualquier texto.
Poco a poco, el aspecto fastidioso de mi persona literaria ha cobrado terreno, y cada vez ocurre menos que un texto aterrice mágicamente completo, furioso, en una página de mi libreta. Por el contrario, cuando escribo a mano, puedo constatar que es sólo la computadora la que me permite perpetuar esa ilusión de perfección inmediata absolutamente falsa.
Eso de estar convencido de tener un doble que hace el trabajo sucio es muy conveniente. Es conveniente porque puedo escribir de cualquier cosa, permitirme la indisciplina total, la pereza, la desorganización, el caos. Puedo tomar una frase cualquiera, un jirón, un motivo, un vestigio y escribir a partir de allí un texto completo sin un plan preconcebido.
Por otra parte, escribir esta reflexión me ha hecho darme cuenta de que las estrategias creativas,
aun si son estrategias útiles, o anti-estrategias, tienen que cambiar, seguir su propio curso, y es necesario adaptarse a esos cambios para poder seguir creando. Siempre admiré al escritor francés Georges Perec, quien usaba una serie interminable de restricciones o reglas para escribir, desde bicuadrados latinos y poligrafías del caballo en el tablero de ajedrez, que usaba para establecer el número de capítulos y el orden de éstos en sus novelas, hasta listas de los elementos que debían aparecen forzosamente en ellos. Sin embargo, Perec creía firmemente que el verdadero genio radicaba en destruir el propio sistema desde dentro.
Creo que apenas empiezo a comprender lo que eso significa. A veces es mejor creer que el caos lo toma a uno por asalto, que hay alguien que le dicta los textos, para lograr mantener a raya los fantasmas de la organización, los textos por encargo, el peso inevitable de la responsabilidad de estar vivo, pagar cuentas, vivir la vida del que pone “escritor” en la forma migratoria.
Tal vez es sólo una forma conveniente de afrontar el hecho de que escribir todos los días, de manera disciplinada, y hacer una lista de temas y referencias antes de empezar, puede ser la mejor forma de acabar un texto en una fecha determinada; aunque si uno creció rodeado de fantasía, la fantasía parece más necesaria que cualquier restricción.
Quisiera terminar esta reflexión leyendo para ustedes un par de textos míos que tratan del proceso creativo. El primero es un poema sobre la palabra, del libro Reglas de urbanidad, que fue publicado por Quimera;
el segundo es el borrador del prólogo del libro que estoy escribiendo ahora, titulado tentativamente El deshielo, que trata de las relaciones entre Estados Unidos y México desde que México se fundó como nación hace doscientos años.


Era texto y palabra,
Confundida la lengua con la repetición
varias rondas de medias verdades
con el sentido cavando bajo los pies:
Ninguna puede ser mi lengua
mejor que la momentánea poderosa,
gana el derecho a la sinceridad
al vivir en mis manos como si estuviera en mi boca
Cuál sea la precisa y cuál la evocadora
la extranjera por origen o definición
la pregunta se adhiere al propietario
no para saber la respuesta,
que se ofrece a cada palabra, veleidosa
Pero hay un tiempo de palabra sorda
que se cuela desde afuera con el clima
o la misma abundante en el saludo y en los sueños
afilada para los ensayos, sencilla, pobre,
palabra de carisma relativo
La de la magia simpatética
de pan que llama a pan
la realidad turbia y ambigua
la misma realidad tangible de las cosas
hasta que alguien resiente la distancia
****

El libro de todas las respuestas. El libro de todos los dilemas, de todas las contradicciones resueltas.
La Gran Novela Americana, el nuevo libro de la almohada lleno de listas perfectas de objetos que nos agregan al mundo, de objetos que nos perpetúan, de objetos que nos agradecen su presencia. El libro de las normas del buen gusto, del buen decir, el libro de la Historia y de las historias.
El libro del tránsito, del trance y del intercambio. El libro de la vanidad y el libro de los pecados. El libro del trabajo y el libro de la migración. Libro conmemorativo, palimpsesto de países, de territorios y rencores robados, de coincidencias imposibles y de puntos de encuentro forzados. Líneas de fuga, líneas de tiempo, personajes que hablan en voces prestadas, voces aludidas, semánticas y lógicas fallidas. Este puede ser el libro de los fracasos y el libro de las locuras, el libro de los lugares comunes y el libro de las banalidades. Canta oh Paz la cólera del complejo de inferioridad, canta en proemios y exordios infinitos la dilación de ser, los juicios de la historia y de la prensa, las voces de los tiempos y de los pueblos, de las comentaristas y de los vendedores. Canta Langston Hughes la América del sueño del hermano escondido en la cocina –el sueño realizado tantos años después– cante Toqueville con el coro de todos los jurados de los Estados Unidos de América la canción de la redención perenne de la democracia, cante Walt Whitman la gloria de las lilas que florecen en primavera en honor a los héroes, la gloria de la invasión militar, pero también la canción de las barcazas, los puentes y los muelles, de los transeúntes.
Cantan los homenajes, las traiciones, las estructuras, las teorías, las voces propias, las prestadas, las robadas. Canta la guerra y la paz, la historia como el cántaro de barro y el espacio hueco como el sentido de la vida.

***

Leo y releo con la intención de organizar, de supeditar, de transferir, de crear en el filo minúsculo que se tiende entre el caos y el sistema. Mientras más me arremolino en la cama leyendo y pensando en las valiosísimas horas de cosas infinitamente importantes que debería estar diciendo, que debería haber dicho ya, más me justifico diciendo que al menos yo soy consecuente, yo edito en mi mente lo que digo,
le doy una forma acabada antes de vomitarlo de mala manera, justamente como hago ahora, en un ataque de culpa. Hay tantas cosas sobre las cuales tendría que estar escribiendo. ¿O no? Tengo una lista mental de temas que ni siquiera he puesto por escrito porque no me parecen relevantes, un rompecabezas que ya debería estar transformado en una estructura coherente, que correspondiera con el índice que escribí el primer día de la escritura de este libro que ahora mismo parece absolutamente imposible.
–“Estoy escribiendo sobre los paralelismos entre México y los Estados Unidos” –recuerdo que le dije a una escritora.
– “¿Cuáles?” –fue la respuesta inmediata.
¿Cuáles? Repito frenéticamente, inusitadamente, transitoriamente. ¿Cuáles? Me dice la sala de la que apenas salgo, el escritorio de aluminio. ¿Cuáles? Me grita el libro de ensayos de Monsiváis que está en la cama al lado de una pila de libros que incluye una nueva historia mínima de México, El laberinto de la soledad, el diario de la filmación de una road movie mexicana en Estados Unidos, Leaves of Grass, una compilación de John Ashbery, El gran acuerdo (del estado mexicano salinista para ceder el control de las empresas paraestatales a unas cuantas empresas privadas), un libro de cuentos de Perrault.
¿Cuáles?, me dice mi herencia multicultural pero tan marcadamente mexicana, cuáles, me dice la barrera inexistente pero visible que se erige entre yo y la calle, cuáles, me grita el silencio del editor y los mil compromisos impostergables de la vida en español que he trasplantado a Nueva York desde la Ciudad de México.
He salido a buscar las respuestas, he intentado escribir las respuestas, superponer las respuestas en las caras de los transeúntes, en la limpieza cotidiana del departamento, en las largas partidas de backgammon, los paseos por el Met, las galerías de Chelsea, el barrio chino, las playas de Long Island.
Busco y encuentro, transcribo en el tiempo, por más que sea un mero movimiento solar y terrestre,
una percepción internalizada y anodina.
Nunca había tenido una percepción tan clara, tan material, del tiempo. Un mito por otros.

viernes, 5 de marzo de 2010

Quimera llega a Nueva York



"Literaturas queer(s) en México, práctica y cuestionamiento: autores de Quimera Ediciones"



El próximo 11 de marzo, a las 7 pm. varios importantes escritores mexicanos y una reconocida escritora cubana se presentarán en el King Juan Carlos Center de NYU, situado en el 53 Washington Square South. Odette Alonso, Nayar Rivera, Sergio Tellez-Pon, Juan Carlos Bautista y José Dimayuga todos publicados por Quimera Ediciones, discutirán su trabajo y su proceso creativo con los asistentes, en un evento gratuito abierto al público en general. El 12 de marzo los mismos autores leerán sus obras en la librería McNally Jackson, en 52 Prince Street.
Quimera es una casa editora independiente y se autodenomina como la primera editorial queer en México. Su línea editorial es publicar textos de destacada calidad literaria, no sólo de temática sexogenéricas, sino también de las vertientes lingüísticas y literarias queer de la literatura en lengua española actual.

Quimera publica a varios de los más destacados exponentes de la literatura en México, como Luis Zapata, legendario autor de El Vampiro de la colonia Roma (tal vez la novela gay más célebre de México); José Joaquín Blanco, narrador y cronista incansable, autor de más de 45 libros; Luis González de Alba, narrador y peridista, Juan Carlos Bautista, poeta; los poetas y críticos Nayar Rivera y Sergio Tellez-Pon; José Dimayuga, dramaturgo y Odette Alonso, narradora, poeta y ensayista cubana afincada en México, entre otros.


Odette Alonso
Nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y ensayista. Ha publicado ocho poemarios, un libro de relatos y Quimera publicó su novela Espejo de tres cuerpos. Ha sido incluida en antologías de poesía y narrativa. Textos suyos aparecen en revistas literarias y páginas de Internet. También es compiladora de la antología Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos del exilio y la diáspora, Premio del Cuban Artists Fund de Nueva York en 2003. También ganó el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”.

Juan Carlos Bautista
Es autor de tres poemarios: y su obra aparece en diferentes antologías de poesía mexicana contemporánea. Ha sido en dos ocasiones becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Quimera publicó su libro Lenguas en erección y prepara la publicación de su primer libro de aforismos.

José Dimayuga
José Dimayuga es dramaturgo y novelista. Sus piezas teatrales han ganado premios mexicanos como el Premio Nacional de Dramaturgia por Afectuosamente, su comadre. Su primera novela se publicó en 2007. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y Coordinador del Festival de cine lésbico gay mexicano, Nuevas miradas Nuevos ámbitos. En Quimera Publicó las piezas teatrales en el volumen Triple función.

Nayar Rivera
Nayar Rivera ha publicado poesía, cuento, ensayo, crítica literaria y periodismo en diversos medios impresos de México y se ha presentado como creador escénico en diversos e importantes foros de México con performances y la pieza de Cabaret Somos No obvios sobre la escena post-gay en México. Quimera publicó su poemario Reglas de urbanidad. En la actualidad prepara en Nueva York un libro de ensayo-ficción sobre paralelismos culturales entre México y los Estados Unidos y su segundo poemario.



Sergio Téllez-Pon
Sergio Téllez-Pon es poeta, ensayista, crítico literario, narrador, editor y guionista. Funge como director literario de Quimera. Parte de su obra ha sido traducida al francés y portugués y compilada en distintas antologías. Actualmente escribe su primera novela y el guión de su segundo cortometraje. En Quimera publicó No recuerdo el amor sino el deseo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Las 31 versiones de Propp run amok

El Lago de los Cisnes
Cada vez que veo Billy Eliot lloro a moco tendido. Tal es mi sueño infantil de ser un bailarín profesional de ballet, que ya nunca se cumplirá y por el cual guardo un luto inconcluso. Tal vez es el apoyo de la familia paterna de Billy, que en mi caso fue patéticamente limitada al aumento en el número de parientes. Tal vez es la avalancha de lecciones de vida que se le vienen encima a Billy (la necesidad de expandir sus horizontes por medio de la expresión artística, la conciencia de su propio lugar en su familia, en su comunidad, en su clase social, el reconocimiento de las otredades en las personas de la maestra y su propio amigo). Tal vez es que se trata de un cuento popular de buena cepa, con un protagonista masculino entrañable, y no una heroína de Disney que busca el matrimonio burgués como meta última para su vida (entrañable de otra manera).
Billy Elliot tiene una carencia (o una lista de carencias): sale al camino a encontrar lo que busca –una madre, el sentido de pertenencia, un talento sin desarrollar–, se encuentra a una ayudante mágica –la maestra– libra una batalla contra un antagonista poderoso –la escuela de ballet, Londres, sus propios miedos– y contra un impostor que está dentro de él mismo –el macho prejuicioso que golpea al otro niño. La carencia es reparada cuando su familia y su amigo acuden a presenciar su matrimonio simbólico con el arte: el papel protagónico en la versión de Mathew Bourne de El Lago de los Cisnes.
Todos estos elementos, grabados con cincel en mi psique desde niño, me convierten en el destinatario ideal de la historia contada en la película. Nunca dejaré de amar los cuentos en todas sus manifestaciones, pero eso significa que para mí la tragedia máxima consiste en la ausencia de un final narrativo que signifique la reparación de la carencia inicial: por eso El Lago de los cisnes es una tragedia tan popular del siglo XIX, que extiende su sentido trágico hasta hoy. En el centro de la historia, inspirada tal vez por el cuento popular ruso “El pato blanco”, o por el cuento alemán El velo robado –del alemán Johan Karl August Musäus– ocurre el peor ultraje a un cuento y su heroína, la peor traición de todas: la victoria del impostor, el cisne negro, Odile, la hija del hechicero –el enemigo, el antagonista. En la versión de Bourne, el príncipe es más claramente el héroe del cuento, y sus carencias son existenciales: de allí su narcisismo y su ambigüedad.
Pero en Billy Elliot, el final es perfecto: el excluido, el raro, se convierte en el rey del ballet, el protagonista de su propia coreografía: su vida.

lunes, 28 de diciembre de 2009

EL ARTE DE LA TELENOVELA


Texto publicado en Replicante 20


when slaves love each other, it’s not love
Phil Collins

Hace poco se festejó en Nueva York el 5 de mayo. La MASA (Mexican American Student Asociation) de Columbia festejó desde el domingo anterior con bailes tradicionales del norte de México. La cultura mexicana que predomina en la ciudad, la más visible y real, es la cultura de los trabajadores poco calificados y sus descendientes. Es, de hecho, la misma que predomina en México, pero allí está subyugada por su contraparte criolla y europeizante.

¿Qué implicaciones tiene esto a los ojos de un artista como Phil Collins, que no tiene origen mexicano?

Recientemente, el Museo de Arte de Aspen le comisionó una pieza que atrajera a un público amplio, y el resultado es when slaves love each other, it’s not love, que se exhibe actualmente en la galería Tanya Bonakdar de Manhattan.

La parte principal de la pieza, titulada Yo soy mi madre, es un video de ficción que aparentemente sigue las convenciones genéricas de una telenovela.

Filmado con actores mexicanos, el video narra la historia truculenta de una mujer rica, su esposo, su amante y sus criadas. La mujer, insensible al sufrimiento de sus fieles empleadas, las maltrata hasta la crueldad, cuando en realidad una de ellas es su propia madre y el esposo de la otra criada (su hermana) es su amante secreto.

Los personajes actúan en el estilo sobreactuado típico de la televisión mexicana de los años ochenta, que todavía se mantiene vigente; el maquillaje, los escenarios, la ropa y la historia parecen tomados de María la del Barrio, y hasta tiene un tema musical que es un típica balada romántica latinoamericana.

Sin embargo, hay algo que no cuadra. No es la caricatura del género (la señora usa un tratamiento facial de huevos de halcón), sino tal vez el intento de aproximarse demasiado al género para hacerlo parte de la voluntad del artista.

En primera instancia, los actores. En la ficha técnica de la exposición se dice que todos son actores protagónicos de la televisión mexicana. Sin embargo, salvo Patricia Reyes Espíndola, que a pesar de su inmensa fama es más bien lo que se llama una “primera actriz”, los otros intérpretes que aparecen no son rostros ineludibles de la televisión mexicana. Por el contrario, la tradición mexicana dicta que Silvia Pinal y Adela Noriega son las típicas indígenas, y Patricia Navidad ya es el extremo del folclor.

El tipo físico de las actrices seleccionadas por Phil Collins es, en cambio, más cercano a la realidad mestiza e indígena de México, y más aún de los trabajadores mexicanos de Aspen a los que intenta acercarse.

Por otro lado, Collins también retoma el hipertexto más obvio de la historia, Las criadas de Genet. En cada escena crea el juego de la escenificación dentro de la escenificación, exhibiendo el equipo de filmación y haciendo que actúen personas diferentes en los mismos papeles. Por si fuera poco, los personajes se llaman Clara y Solana. Pero tal vez lo que más coquetea con Genet es el intento de mostrar la violencia y el rencor contenido de las criadas que quieren ser iguales a la señora y la señora que es, en el fondo, una impostora, pues es igual que ellas: un deseo neurótico sin resolver.

Al final del video Solana obliga a la señora a la señora a recoger los pedazos de un jarrón roto a punta de pistola, mientras repite que todas ellas son iguales.

Si la pieza está dirigida al vasto público mexicano de habitantes no reconocidos de Aspen, los que trabajan limpiando los hoteles de lujo y las casas de campo, entonces se carga instantáneamente de una retórica política que no profundiza mucho en los intereses y conflictos reales de esa comunidad, sino que, por el contrario, los banaliza.

Las otras piezas de la exposición son en cambio una serie de retratos fotográficos amplificados y un carrusel con diapositivas, provenientes de distintas ciudades del mundo, que el artista compró a sus dueños antes de ser reveladas, con el permiso de usarlas como propias. Las imágenes del carrusel se convierten en arte por decisión del artista, pero dejan intacta la mirada que las animó, y su poder evocativo.

Su trabajo anterior, the world won’t listen, presentado en el Museo de Arte de Dallas en 2007 y 2008, consistió también en una serie de retratos de personas de distintos países, cantando canciones del grupo inglés The Smiths. El propósito de la pieza, filmada en Colombia, Turquía e Indonesia, era proponer retratos más verdaderos de la gente al ponerla fuera de su contexto cultural.

Pero, ¿a quién está retratando Collins en Yo soy mi madre? ¿A las actrices mexicanas jugando a ser actrices, con papeles mejores que los que realmente pueden tener en su propio país por el racismo, pero que finalmente están muy lejos de ser afanadoras ilegales en Aspen? ¿O a los sueños autorredentores de esas mismas trabajadoras?

Como mexicano, tal vez le añado demasiada información propia al video, pero me parece que se trata de una producción demasiado elaborada para tener tantos cabos sueltos.


—Nayar Rivera
© Derechos reservados RGRV, S. A. de C. V., 2004

jueves, 17 de diciembre de 2009

Primera escena de Las Cartas

Primer Acto

Interior de un estudio muy claro, muy cómodo, moderno y lleno de libros.
En medio, sentados en tres sillones, están los Sor Juan, San Ignacio y San Sebastián. Sor Juana lleva el traje de monja jerónima, pero tiene el pelo largo, suelto, que peina lenta y concienzudamente con un lujoso peine de carey.
San Ignacio, vestido de monje jesuita, teje una larguísima tela negra de punto.
San Sebastián, que solo viste un pareo africano, está sentado en flor de loto y agita de cuando en cuando una campanita.

Escena I

Sor Juana: Así me has pagado.
San Sebastián: Con el desconcierto.
San Ignacio: Con la devoción.
Sor Juana: Con la duda.
San Ignacio: Te dejé abajo, te dejé vivo, te dejé atrás. A la llegada de los días claros cantó la rosa de los vientos el momento de nuestra separación.
Sor Juana: A la mitad no quise dejarme, era un proceso, era una canción pública, casi un concierto.
San Ignacio: No se vale mentir respecto al compromiso crítico. Algunos, se dice, tienen facilidad para el alemán y la ingeniería.
San Sebastián: Tantas veces que de verdad estuve a punto de amarte. Intenté dejando un viaje, viviendo para ti un destino escogido.
Sor Juana: Un desierto donde cada grano era de amor.
San Ignacio: Me manchaste la vida de blanco y no toleré, te agregaste como una carencia, un gusto adquirido, un genio del deseo, cardinal, atento.
Sor Juana: Esperaba tu muerte por testimonio indirectos, algo más que los demás, como si también los demás.
San Sebastián: Marcas de agua, acentos indeseados, allí siempre los ojos azules, el gen recesivo. Dios, dame omnipotencia para cambiar los factores sociales que no puedo cambiar, déjame fingir que no me gusta el sexo con amor.
San Ignacio: Cara lavada, como todas las de hombre, a punto de las verdades absolutas; una serie y la farsa del alcoholismo se derrumba.
Sor Juana: Me escribiste una carta que era una copia, sabiendo que yo lo sabía, como si no hubiera leído Casa de muñecas.
San Sebastián: Como si no hubiera leído Peer Gynt.
San Ignacio: Como si no hubiera leído los libros de Próspero, las cartas del naufragio de Robinson Crusoe, como si no me hubiera preguntado por qué no sirven las religiones.
San Sebastián: Cuando me llevaste a comer al restorán francés y pediste vista al mar y sólo había vista a la terraza, cuando me llevaste a Cuernavaca a la casa de tu esposa muerta, cuando me hablaste de la edad espeleológica de tus hijos. (Como rezando, en secreto) Padre, me desposaré con aquel que adivine mi nombre, que no tenga que quemar la piel de mi destino auto infligido, con aquel que me dé argumentos válidos contra Robert Venturi. (En voz alta) Padre, me desposaré con la historia, me desposaré con la realidad que pruebe no ser travestida, con la montaña, con el pozo, con la prueba; padre, tú serás mi prueba.
Sor Juana: Aguzaste lanzas y flechas, llamaste sin éxito al terror.
San Ignacio: Y entonces juré que no amaría porque me desgarró la máscara de cera, porque me desgarró por dentro, porque se había matado para mí sin mí, porque había favores que hacer y huecos que llenar, porque en realidad había que aprender la tolerancia y el respeto. “Lo que los hombres llaman amor es demasiado pequeño, demasiado restringido y demasiado débil, comparado con la inefable orgía, la santa prostitución del alma que se da entera, poesía y caridad, a lo que imprevistamente aparece, al desconocido que pasa”.
Sor Juana: Pero queremos aire.

Todo se pone oscuro, sólo se ve a San Sebastián que camina seguido por la luz y recita

viernes, 4 de diciembre de 2009

Algunos de mis libros favoritos

1. Las mil y una noches (colectivo)
2. El libro de Job (¿?)
3. Rayuela (Cortázar)
4. La morfología del cuento (Propp)
5. El libro de la almohada (Shoganon)
6. La novela de Genji (Murasaki)
7. Seis propuestas para el próximo milenio (Calvino)
8. Las ciudades invisibles (Calvino)
9. Poesía reunida de Emily Dickinson
10. Una ola (Ashbery)
11. Poesía reunida de (ee cummings)
12. Los años con Laura Díaz (Fuentes) (sí, y qué!!!)
13. Cuentos populares rusos (tradición oral)
14. Réquiem (Ajmátova)
15. Esperando a Godot (Beckett)
16. Lo bello y lo triste (Kawabata)
17. El halcón maltés (Hammet)
18. El asno de oro (Apuleyo)
19. La Ilíada (Homero)
20. Una temporada en el infierno (Rimbaud)
21. El cementerio marino (Valéry)
22. Viernes o los limbos del pacífico (Tournier)
23. Poesía amorosa (Sor Juana)
24. De lunes todo el año (Morábito)
25. Mrs Dalloway (Woolf)
26. El cielo protector (Bowles)
27. Tao te king (¿?)

mi primer cuento... de hace muchos, muchos años

A ti


Desde que me has abierto la puerta, me regocijo de la gota oscura fétida que escurre lentamente por la comisura de mis labios torcidos en bobalicona mueca (sonrisa de placer extinto, de renovada decadencia).

Desde entonces, pellizco con fruición.

Bajo todas las noches a hurgar en los botes de basura de los vecinos, y gozo resistiendo cada vez más débilmente el impulso de arrojarme sobre los pañales, las toallas y los tampones. Mi máximo gozo es deshojar con arte, delicadamente, un papelito blanco y sedoso como una magnolia, e ir descubriendo la deliciosa sorpresa navideña en su interior.

Tú me enseñaste el verdadero sabor de la verdadera carne. Y tenías razón, los niños pequeños son los seres más cercanos a Cristo, como dijiste en aquella memorable celebración.

Mis manos blancas siguen así. Mi pececillo corrosivo sigue su recorrido normalmente, flanqueando cada vez más barreras y barriendo cada vez más recuerdos. Crece muy sano, porque sus aguas han aumentado su dulce y carnoso, podridito aroma, y su consistencia se gelatiniza.

Siempre fui una mártir. ¿Recuerdas el primer bocado? Me convulsioné de terror, tanto que para vencerlo, el instinto y el reflejo condicionado se unieron rápidamente e hice lo que siempre me dijo mi mamá : Si tienes miedo de hacer algo, hazlo hasta que se te quite. Y yo no sé si ya se me quitó, o si todavía no se me quita, pero después de nuestro fruto y de ti, las ganas de seguir regalándome con tales preseas conmemorativas no se me han quitado, y todavía me compadezco.

Nuestro blanco mito del blanco cisne surcador de frescos remansos entre blancas flores, fue transitando a la inversa el del gris polluelo que triunfó finalmente en la vida, hasta acabar bullendo en una sartén bien aceitada -la clara siempre blanca-, como en el anuncio televisivo del remedio antiagruras.

Siempre es por candor que suceden estas cosas. ¡Si alguien nos hubiese dicho que de perseguir perfumes se pasa a descubrir sus fuentes y de allí a querer poseerlas con todos los sentidos!

Es tan delicado, el amor...

lunes, 16 de noviembre de 2009

Algunas de mis escenas favoritas de la historia del cine

La secuencia en los túneles urbanos de Solaris
El viaje por Estados Unidos en Alicia en las ciudades
El diálogo con poemas de Rilke en la sala de los espejos en Las alas del deseo
La paliza al principio en Un año con trece lunas
El suicidio de la muchacha campesina en el lago [en una película rusa que vi de niño]
La caravana por el desierto en Refugio para el amor
La escena del abandono en La flor de mi secreto
Los viajes por aire en El canto de las sirenas
El “performance” al final de Nostalgia
Las escenas como cuadros de Chagall en La infancia de Iván
El diálogo con el hombre misterioso en la fiesta en Por el lado oscuro del camino
El canto del niño rubio en El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante
El final de Las noches de Cabiria
El viraje a color en Cinco Tardes
Obligados a ser perros en Las 120 jornadas de Sodoma
El diálogo en el café de Secretos y mentiras
Mamá aparece en el cielo en El edipo reprimido
Glenn Close exclamando “War!” en Relaciones peligrosas
La muerte de Rutger Hauer en Blade Runner

martes, 14 de abril de 2009

Notas sobre la eficacia y el acoso

Hay un libro junto a mi llamado The shock of the new en la biblioteca pública de Nueva York, Ottendorfer Branch, en la Segunda avenida. Mientras copio listas de vuelos, autobuses, trenes, barcos y taxis para refrescar mi memoria y escribir sobre África, una empleada se acerca al hombre sentado frente a mí y lo invita a “salir a tomar el aire”, pues está dormitando y su asiento es requerido. El hombre es tal vez un vagabundo, aunque, como casi todos aquí, no lo parece más que por su abatimiento. En esta ciudad donde casi nadie se define demasiado por su aspecto, hay que leer directamente los sentimientos en la expresión de la gente para definir su lugar en la sociedad. El hombre responde que alguien lo golpeó afuera, y que por eso entró a la biblioteca.
De hecho, hoy yo me siento también como golpeado, soy un vagabundo, forzado a salir de mi casa para poder impulsarme a trabajar, pues el ritmo no perdona, y mi falta de eficacia me está volviendo inservible.
Se supone que los viajes ilustran, y que pasar mucho tiempo en una ciudad diferente a la de siempre ampliaría mi perspectiva del mundo. Aunque siempre pensé que la experiencia de estar vivo y sentirlo intensamente era lo más cercano a encontrar el sentido de la vida, en algún momento me dejé seducir por la idea de que podía hacer cosas, realizar proyectos, alimentarme de la emoción de los productos terminados, de los resultados. Pero el poco contacto real que tengo con esta ciudad me grita que vive de los proyectos acabados, y que excluye y deprime a los que no tienen la voluntad para llevarlos a cabo.
En algún momento escribí que sentía que tenía fuerzas para enunciar los actos, pero no para hacerlos. Ahora veo que eso podía ser suficiente.
Pero no aquí, aquí hay una industria de la lástima, que hace a la gente hablar sola, pedir dinero no profesional sino cínicamente, reducirse hasta la ignominia, rendirse de la forma menos elegante, no por renuncia, sino por trauma.
Acabo de leer en algún lado que las víctimas del acoso sicológico comienzan sencillamente a nulificar su personalidad para protegerse, como si la indiferencia fuera sinónimo de la inmunidad. Como no necesito comprobar mi ineficacia y tendencia al absurdo, ahora quiero intentar la necedad absoluta de llevarle la contraria a la ciudad y vencerla. Como estoy convencido de que no es necesario triunfar, voy a jugar a no tener nada que perder. Ya que no tiene importancia, vamos a tomarlo como un juego y permitir que nos ahogue. De otra manera, me lo perderé.

jueves, 23 de octubre de 2008

XVI

Lanzas en ristre al cielo
desbandada
son los pinos
XIV

Hasta el silencio nos ha guiado la estrategia
hasta el contorno neutro de las cosas
hasta la fuente
a donde nos lleva la acción
adónde
el céfiro enarbola el estandarte de la primavera
una vara toca tierra y florece
es el tiempo de la preponderancia de lo pequeño

jueves, 14 de agosto de 2008


VIII

Para tu nombre crezco
rodeo con las piernas el camino
rebusco en la pereza
aspiro llegar al día, al sol de las cinco de la tarde
comenzar
conquistar algo
arder y consumir
hallar la fronda, el céfiro,
la ronda de los viajes, el viento
a tiempo para ser un país distinto, la sonrisa borracha por anticipado
el bozo del amor, el brillo
afuera como adentro
para tu nombre crezco
busco la fronda desde la raíz
articulo la savia, anticipo el brillo
olvido
casi avanzo por partes
llego al aire y al sol,
aspiro.
V


La tragedia huele el instante
en los cincuenta rostros de la soledad
es tan cursi
que se vuelve importante
tan a tiempo
tan amigable como inesperada
hacia quien, desde quien,
casi una noche clara
casi un remedo de la verdad
vuelca los sentidos en busca de redención
se apaga en un espasmo
una tragedia ideal

VI
¿Me podría decir qué es esto?
Las causas, en tanto que,
a la distancia segura del diálogo,
del dolor vascular,
de la película.
Un objeto grita, guiña el ojo
palabras al aire,
botones
Vamos a jugar a las sillas, a los abrazos
a la conciencia creada,
la cara bonita de la necesidad
y por eso yo ya no soy
Lávame con hisopos
Ojalá haya sol, buenos precios
Adonde vuela la flecha,
el deseo menos el agradecimiento,
todo transparente.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Las cosas y las ausencias en Las Sillas de Ionesco

Nayar Rivera

Las Sillas, escrita en 1951 y representada en 1952, es una obra típica del llamado segundo periodo del dramaturgo Eugene Ionesco, autor identificado con el llamado teatro del absurdo, y se caracteriza por ser una pieza que parte de una idea preexistente que se manifiesta, más allá del texto, en el planteamiento escénico, cuidadosamente planeado por Ionesco en largas indicaciones para la puesta en escena, así como en cartas dirigidas al director, recopiladas en el libro Notas y contranotas.

Ese texto nos permite confrontar la lectura abierta de la pieza, que varía de acuerdo con el horizonte de expectativas del observador y/o lector, con la puesta al día del proyecto literario de su autor. También podemos conocer su concepción del espacio escénico y de la actuación y la relación que hacía entre la cultura y la condición humana reflejadas en la puesta en escena.

Se sabe que Ionesco concibió con gran cuidado el efecto que deseaba producir en el espectador:

Es [...] ese final el que me vino a la mente al escribir la pieza, para ese final fue escrita, un final que veía antes del comienzo. [...] Por medio del lenguaje, los ademanes, el juego, los accesorios, expresar el vacío. Expresar la ausencia. 1

Las Sillas fue concebida “conceptualmente”, es decir, surgió de una idea exterior y anterior a la obra misma, desarrollada como un ejercicio de búsqueda estética del autor:

Todavía es posible otra forma de teatro, un teatro no simbolista, sino simbólico. Un teatro no alegórico, sino mítico, con sus fuentes en nuestras eternas angustias, un teatro en que lo invisible se haga visible, donde la idea se haga imagen concreta, realidad, donde el problema se encarne” 2

No puede afirmarse, entonces, que el teatro de Ionesco sea un teatro de tesis. Por el contrario, el dramaturgo rechazaba esta posibilidad: “Todo lo que puedo decirles es que no quise ilustrar una ideología”. 3

Por medio de dos viejos que han organizado una gran recepción en un salón que llenan, no de personas, sino de sillas, Ionesco se propuso en Las sillas representar el vacío, como expresión de su disgusto con la condición humana, que le parecía vacía porque consideraba que el hombre ha creado un ambiente artificial, lleno de objetos que existen y se justifican solamente en tanto que parte de un contexto cultural, pero que son por eso mismo intercambiables.

Tal vez sea propio del hombre crear objetos, pero su ridículo es que esos objetos se conviertan en la prueba principal de su presencia en el mundo. Como escribió Richard N. Coe.4, Ionesco tiende a contrastar la vida interior del individuo con otra vida integrada en un contexto social, lo que sugiere que la primera le da una estabilidad e identidad que la segunda no puede.

Para expresar su desconfianza en la capacidad de comunicación del hombre, Ionesco no trataba de mostrar únicamente la irreductibilidad semántica del lenguaje, como hizo en La cantante calva. Por el contrario, en Las Sillas, el lenguaje adquiere una forma lógica, que hace más evidente su poder de signo independiente del significado, con un valor propio, en este caso un poder generador, pero que se muestra inútil como vehículo expresivo.

Destinado originalmente a ser un instrumento fiel del hombre para expresar su relación con el mundo –el mundo existe para nosotros desde que es nombrado-, el lenguaje se ha convertido en un traidor, enemigo poderoso capaz de existir por y para sí mismo, sin significar nada fuera de sí, que termina por no dejar lugar para lo humano. Los objetos y el lenguaje crean así para el hombre una envoltura que carece de sentido:

Expresar lo absurdo, lo arbitrario, una vaciedad de lo real, del lenguaje, del pensamiento humano y, por otro lado, para envolver sin cesar, como en ropajes de palabras, la ausencia de las personas, los agujeros de la realidad, pues no hay que dejar hablar a los viejos fuera de “la presencia de esa ausencia”. 5

Ionesco era consciente de que en el momento de hacer representar su obra participaba de un juego: los actores son una de las convenciones del teatro, y estamos dispuestos a creer en su existencia como personajes porque su poder es real, puesto que los vemos sobre la escena. Pero el dramaturgo rechazaba este juego como algo inadmisible: “No comprendía como se podía ser actor [...] Me parecía que éste realizaba algo inadmisible, reprobable. Renunciaba a sí mismo, se entregaba, cambiaba de piel [...] Además el actor no lograba ser otro, lo fingía, lo que era peor, pensaba yo” 6, escribió respecto al papel del actor en la representación.

Los antiguos griegos comprendieron bien este problema y, en su teatro, las partes del cuerpo de los actores, aquello que les daba una dimensión demasiado humana, estaban escondidas para que el poder de las pasiones, del placer estético y de los conceptos fueran expresado por el ritmo y la calidad de los diálogos y de los gestos, y no por la intriga, que era bien conocida por el público, ni por las expresiones de los rostros de los actores, quienes no eran realmente los personajes a los que representaban.

En cambio, en Las Sillas los personajes no son reales, pero sí verosímiles, como los actores en la puesta en escena: “los viejos y el orador están tan poco presentes como los personajes invisibles... No tienen más existencia que estos últimos y que nuestros sueños”.7

En Las Sillas, la envoltura creada por el lenguaje y las cosas se construye de manera progresivamente más rápida a medida que los objetos invaden el escenario: al principio, los viejos están sobre la escena en calma, sin movimiento, rodeados por una iluminación neutra y objetos inmóviles (las puertas). El lenguaje tiene en esta parte el papel generador que será negado más adelante: sirve para construir el mundo –que los espectadores no ven- de los viejos. Pero la marea de objetos invade pronto todo en un movimiento casi ininterrumpido: “Se requieren muchos ademanes, casi pantomimas, luces, sonido, objetos que se mueven, puertas que se abran y cierren y se vuelvan a abrir, para crear ese vacío, para que crezca y carcoma todo.” 8

En las indicaciones escénicas, Ionesco escribió:

Puis, un moment, plus de paroles. On entend les vagues, les barques, les sonneries ininterrompues. Le mouvement est a son point culminant d’intensité. Les portes s’ouvrent et se ferment toutes a présent, sans arrêt, toutes seules. La grand porte du fond reste fermée. Allés et venues des vieux, sans un mot, d’une part a l’autre; ils ont l’air de glisser sur de roulettes [...] les deux vieux devront donner l’impression de ne pas s’arrêter, tout en restant a peu près sur place. 9

[Después, en un momento, no más palabras. Se oyen las olas, las barcas, los timbrazos ininterrumpidos. El movimiento está en su punto culminante de intensidad. Ahora todas las puertas se abren y se cierran solas sin parar. La gran puerta del fondo permanece cerrada. Idas y venidas de los viejos, sin una palabra, de un lado al otro. Parece que se deslizan sobre ruedas [...] los dos viejos deben dar la impresión de no detenerse, aunque casi no se mueven de su lugar. Trad. de N.R.]

Después, habrá un aletargamiento del movimiento, hasta el momento en que “on devra avoir l’impression que le plateau est archiplein de monde”10 [deberemos tener la impresión de que el escenario está totalmente lleno de gente]. Una vez más el efecto de la verosimilitud creada por los objetos. La luz que anuncia la aparición del Emperador, la puerta principal que se abre, su llegada y finalmente el suicidio de los viejos son los elementos que preparan la llegada del mensaje, golpe de gracia final que desenmascara el vacío oculto. La confirmación para Ionesco de que los viejos son inexistentes, igual que el orador.

Las voces, los ruidos que se escuchan al final son una puerta abierta para hacer evidente que, desde ahora, como antaño, el vacío nos pertenece –“caos originario”.11 Un vacío que desenmascara la convención del hombre que busca su definición por medio de su conciencia de la materialidad, lo que resulta, para el ser humano común, intolerable. 12

Ionesco quiere transgredir el nivel del teatro, incluir en él a los espectadores: “Las voces del final: ruidos del mundo, nosotros, los espectadores”, “esa nada que está en la escena es la multitud”. 13

Finalmente, Ionesco quiere que participemos de una cierta visión de un mundo evanescente, irreal: “El mundo se desvanece en humo, en sonidos, en colores que se extinguen; los últimos fundamentos se derrumban o más bien se dislocan. O se funden en una suerte de noche. O en una luz deslumbrante, enceguecedora”.14

Vemos aquí el intento, la imposibilidad o la posibilidad de Ionesco de hacer representar lo inefable, los sentimientos y las abstracciones. Al comparar el texto de la pieza con la propia voz de Ionesco que explica sus intenciones originales, tenemos la oportunidad de cotejar su obra con un proyecto fundamental explícito. Sin embargo, como él mismo escribió en otra ocasión, las obras de arte son “intraducibles”, y nos regalan su poder de forma directa, intransferible. De allí que, más allá del vacío de la condición humana, se asoma otra experiencia: “the vision of a transparent world of light and incandescence, is, or can be, a poetic experience of the highest order, bordering the realms of mysthicism” [La visión de un mundo transparente de luz e incandescencia es, o puede ser, una experiencia poética del más alto orden, rayana en el misticismo].15

Notas

1. Eugene Ionesco, Notas y contranotas. Buenos Aires, Losada, 1965, p. 160. (los corchetes son míos)

2. Philippe Senart, Ionesco. Barcerlona, Fontanella, 1969, p. 112.

3. Id., Notas y contranotas, op. cit., p. 101.

4. Richard N. Coe, Eugene Ionesco, New York, Grove Press, 1961, p. 61.

5. Eugene Ionesco, Notas y contranotas, op. cit.,

6. Ibid., p. 158.

7. Ibid., p. 13.

8. Ibid., pp. 160-161.

9. Eugene Ionesco, Les Chaises. Paris, Gallimard, 1975, p. 160.

10. Ibid., p. 161.

11. Id., Notas y contranotas, op. cit., p. 160.

12. Richard N. Coe, op. cit., p. 65.

13. Eugene Ionesco, Notas y contranotas, op. cit., pp. 160-161.

14. Ibid., p. 160.

15. Richard N. Coe, op. cit., p. 65.

miércoles, 4 de junio de 2008

para el falso R

Espero que conozcas los 20 nombres de la discreción de mi dedicatoria. El más joven tiene una mosca diminuta posada en el mentón, junto al labio núbil. Le sigue una gota de sangre que sólo sabe decir tres cosas. El tercer nombre es una calavera con una tea de ojos ardientes en su interior que calcina con criterio selectivo. El cuarto nombre puede gritarse, decirse y callarse de 200 maneras diferentes. El quinto solo sabe expresarse en la forma de deseo. El sexto es el caligrama japonés del silencio. El séptimo nombre vuela por el aire en la forma inmortal de una grulla. El octavo vence a las esfinges con su labia seductora. El noveno canta en las estaciones para inducir a los viajeros a seguir su camino. El décimo nombre es el número del secreto expuesto, el enigma de los géneros y las estaciones del año. El once es la capicúa que paga intereses por toda la eternidad. El doce se dedica a ponerle nombres a los héroes, a los planetas y a las verduras. La siguiente no menciona su nombre, pero ha decidido ser la mujer de negro. 14 es el número mínimo para tantas cosas... El quince abunda en cúpulas doradas y ciudades de madera, nombres como Arjánguelsk, Pushkin, Sans-Souci, y solos de cisne moribundo. Dieciséis veces podría repetir frenéticamente el nombre que dudo, y callo. El décimo séptimo nombre está tan fuera de si como el décimo octavo se pulveriza desde el nombre y se fuga hasta el número.Aquí, tal vez, en el último instante, debo intentar hablar de la agonía a la manera romántica y lúcida del siglo o dejarme llevar por su contrario ciclotímico y alabar los álamos y los sauces que inducen la tarde al amarillo. Pero a estas alturas debo guardar aliento para el mundo, la unidad doble, la totalidad, el andrógino primordial y todas las cosas que convoca con sólo ser el final nombre número veinte.

sábado, 23 de febrero de 2008

El atlas de la vida de visita

El atlas de la vida de visita. I. D. tenía más imaginación de la que parecía necesitar para vivir la vida como se la imaginaba.

Es ya siempre fragmentario, mi proceso imaginativo un poco menos que mi capacidad de poner en palabras mis pensamientos, así que puedo pensar que ya, contrario a lo que creo –que soy un animal de palabras- contrario a lo que dice mi test de IQ en Internet –que soy un guerrero de palabras ¡y en inglés!- finalmente veo las cosas mucho más fácilmente, sueño más las historias, asimilo las películas a nivel imaginativo evidentemente con más facilidad, como todo el mundo, pero también creo que lo que entiendo y lo que asimilo de obras mucho más necesariamente ligadas a la lengua por sus características y mi inteligencia y no necesariamente porque es mi forma privilegiada de entender el mundo y las historias.

Con el mismo ejemplo entonces mi escritura es reflexiva porque estoy tratando de poner conceptos en claro, y la única ocasión en que logro escribir de una forma imposible de traducir a lenguaje es porque puedo hacerlo bien, pero no porque sea la única forma que tengo de comunicarme, porque tantas veces siento que es más lógico hacerlo en imágenes que son eso, imágenes.
Anyway, ¿qué es más importante, la obsesión o la supuesta orientación cognoscitiva hacia las palabras?
Even so, without looking. Pero es una cosa de adicto inconsciente, no de surrealista, pretencioso por si fuera poco (voy a odiar tanto esto cuando lo lea) es decir, sigo releyendo, claro, al menos el párrafo, y sigo pensando que vale la pena intentar hacer, después de mantener semejantes niveles de energía estática.
Siempre hay razones para optar. Pero menos obvias de lo que uno quisiera. Es decir, para ser completamente frívolo, hay que crearlo, pues no hay nada que implique el menor proceso de pensamiento.