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domingo, 1 de abril de 2012

Mi miedo a la moda me doma


Cada vez que escribo sobre moda y sobre ropa en general me invade la zozobra. Una zozobra aprendida, forjada a fuego lento en la experiencia. Puedo hablar impunemente sobre la mayoría de los temas que tocan los hábitos del cuerpo y los rituales de la vida cotidiana, pero hablar de moda es, hoy, para mí un tabú. No es que no me lea o reconozca en el grupo de gente que vive a través de la palabra textos escritos o transcritos sobre moda y ropa en muchas y muy distintas épocas, aun si lo fueron de manera sesgada y parcial (se le dice “personal”, o mejor aún, “subjetiva”), como en El Libro de la almohada, en los lais y los Cuentos de Canterbury, en la Ilíada y en todos los cuentos populares que hablan de historias de reconocimiento, sino que por alguna razón el tema me genera un  miedo profundo respecto a mi propia profundidad.
Claro que sí está Roland Barthes y su análisis del sistema de la moda, y la secuela de Umberto Eco. Por supuesto, si uno lee con atención a Barthes en ciertas premisas no se decepciona desde una cierta perspectiva, pues lo que le interesa en la moda es su proceso, que “no se puede entender a partir sólo de la ropa, la moda hay que referirla a una actitud determinada ante diferentes situaciones. Lo que caracteriza a la moda son sus formas de cambio, cambio que acontece en plazos generalmente breves y regulados socialmente”.  Es decir, esta aparente necesidad perenne de cambio puede reflejar y verse reflejada, por ejemplo, en las historias de los tricksters  (los más humanos de los dioses, digo yo), que se dedican a horadar el orden fijo, voluntariamente sistemático del mundo, haciéndolo habitable, y que a su vez, en tanto mitos presentes en todas las culturas, reflejan no un constante nueva, sino más bien una puerta subrepticiamente abierta a la  novedad. O como respondió Marvin Minsky ante el problema de la existencia de los axiomas de Göedel, “la inteligencia humana es capaz de errar y de comprender declaraciones que son en realidad inconsistentes o falsas”.
Pero no quiero hablar aquí de eso, ni de la indumentaria como  un “referente de la asimilación cultural de las minorías en los países desarrollados”, o “como expresión artística y social de una época determinada” (no escribo los nombres de los autores de estas citas aquí para no  jugar a otorgarles valor cuando en este texto no lo tienen, sino que más bien representan los lugares comunes de una comunidad, su memoria colectiva).
Casi ni vale la pena mencionar a qué se debe el rechazo por el pensamiento sobre la moda, pero lo hago de manera banalísima porque para tanta gente es aparentemente claro: la moda es tal vez la más estandarizada y redituable de las industrias basadas en una necesidad humana transformada en necesidad de consumo, y por lo tanto no necesita ni merece competir con otras prácticas menos mecanizadas y por los tanto un poco más nobles. Básicamente, está en todas partes y no necesita defensa.
Y entonces me detengo aquí aterrado, después de agotar mis justificaciones intelectuales, cuando apenas he llegado a donde quiero llegar. Y no sé qué decir. Ni cómo decirlo. Por más que quiero hablar de la emoción primitiva que me da la seda estampada o bordada, los pájaros azules del huipil de Panajachel, ciertas formas mágicas de algunos sombreros suspendidos en su propia riqueza, las palabras me rehúyen. 

lunes, 24 de octubre de 2011

Necesito leer más




La nueva casa de vacaciones de J.K. Rowling en Tasmania es la prueba de que sí se puede vivir de escribir literatura
Necesito leer más. Me hace falta la embriaguez de la que hablaba Baudelaire: “Il faut être toujours ivre. Tout est là: c’est l’unique question. Pour ne pas sentir l’horrible fardeau du Temps qui brise vos épaules et vous penche vers la terre, il faut vous enivrer sans trêve”. [Hay que estar siempre ebrio. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.]
Necesito la embriaguez de la literatura, la embriaguez del mundo, la despreocupación del equilibrio en los niveles de serotonina de mi cuerpo. Cuando viajo, cuando hago ejercicio, cuando trabajo en actividades placenteras, el tónico mágico del cerebro se autoregula, pero cuando regreso a la realidad de la… ejem, flexibilidad del empleo, hay que hacer ajustes extra.
Esta vez pensaba escribir sobre el ensayo, la experimentación y la libertad y en cambio acabé escribiendo sobre la serotonina. Curioso, o más bien lógico, con la lógica del sentido común. Dice un blog de consejos que algunas cosas que podemos hacer para regular nuestros niveles de serotonina son: “Hacer ejercicio con regularidad, la vida al aire libre, pasear y bailar [...] Cambiar de actividad, hacer cosas nuevas, emprender nuevos proyectos, viajar… ayuda a que la serotonina aumente.”
Siempre que veo esta clase de consejos recuerdo la frase de un personaje de Ken Loach en “Riff Raff”, que iba más o menos así: “la depresión es para la clase media, nosotros tenemos que trabajar”. Por supuesto que sé que pensar esto puede sonar hipócrita y retorcido, pues casi siempre he pertenecido a lo que en México se considera clase media, ingredientes más, ingredientes menos. A menos que apliquemos una definición marxista, no sé si apócrifa, que he oído varias veces: “educación burguesa, medios de proletariado”. Allí sí que cumplo con la definición, pero para un país rico, pues para los de éste creo que me sobran varios viajes y mucha comida.
Emprender nuevos proyectos. Viajar. Salir al campo. Comprar una casa de campo. Poner un negocio. Escribir una crónica sobre la ciudad de México que gane el Concurso Nacional de Crónica Urbana Salvador Novo (50000 pesos y la publicación del trabajo), o el ensayo que gane el Concurso Internacional de Ensayo UAS/COLSIN/Siglo XXI (20000 USD y la publicación de la obra); o por qué no, el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polaco (100000 USD y la publicación de la obra), seguido del Premio Planeta del Novela (601000 Euros y la publicación de la obra) y del Nobel de Literatura (en 2009, casi un millón y medio de dólares). Los planes se multiplican sin tregua, pero la realidad se encarga de acotarlos. Sólo por hoy pude escribir estas palabras, le dediqué un día más a mi golosina favorita, y no sé qué vendrá después. Mientras más responsabilidades se acumulan en mi agenda, menos puedo disfrutar de la lectura y la escritura, y lo que era una realidad cotidiana poco a poco se vuelve un lugar sin lugar, una utopía.

viernes, 22 de julio de 2011

92 grados Fahrenheit, parcialmente nublado

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Fotografía de Tyrone Turner/National Geographic - infrared showing heat loss from NYC buildings

El clima de hoy es bochornoso y no me siento inspirado para escribir. Tal vez tengo uno de esos famosos “bloqueos de escritor”, aunque nunca he creído en ellos. Tal vez simplemente no tengo nada que decir, pero lo dudo, porque mi vida no es, en este día preciso, más aburrida o más interesante que otros días. La explicación que prefiero es que soy lento. Siempre he sido lento, no es algo que me preocupe, es sólo que en esta ocasión mi lentitud ha causado una pequeña crisis en cámara lenta. La verdad es que me gusta como escribo. No lo digo por vanidad, pues tengo pocos lectores, no he ganado ningún premio literario y la venta de mis libros no ha generado nunca ingresos. Me gusta porque disfruto leer algo que escribí y que ya había olvidado. Por supuesto que no me gusta todo ni me gusta siempre, pero hay algunos textos que tienen vida propia y cortejan al lector mucho mejor que yo.

El problema es la familiaridad, que tarde o temprano se transforma en una fórmula. Y ahora, después de ciertas lecturas, le temo a la repetición. Una de ellas es la obra de un escritor que tiene momentos brillantes, pero que no fue capaz de salir de su propia hipnosis auto inducida. La otra es el libro “Cultural Amnesia” de Clive James, que aboga por la claridad casi tanto como aboga por su idea del humanismo liberal, pero que termina repitiendo incesantemente los mismos argumentos. Desgraciadamente, la claridad de mi problema no me sugiere ninguna respuesta, así que, como siempre, haré lo posible por vencer la parálisis y seguiré, como siempre, escuchando el canto del bardo. Esta vez seré consciente de mis propias tretas, y esperaré desarrollar la madurez necesaria para no perder lo que tengo sin ganar otra cosa.



Ver en Territorio liberado

viernes, 10 de junio de 2011

¡Cuidado! La edición… Ideas sueltas sobre el texto como materia







Lámparas de keroseno, escritura. Planchas de tinta negra y untosa, ediciones del desastre, cigarras, grillos. ¿Cómo es el caligrama de un poema?
Calendarios en blanco y negro, grabados, piezas únicas. The Hogarth Press financiando el suicidio de Virginia Woolf.






Almanaques, libros de cordel. Un pueblo alrededor de una hoguera escuchando al que cuenta la narración de la mujer que se tiró un pedo y salió un niño del tamaño de un pulgar.
Hipertextos por doquier, sí hay angustia e influencia. Novelas eróticas ilustradas.
Gente que hace las portadas de sus libros, gente que escribe castillos de naipes ilustrados en la red, gente que inserta palabras en otras palabras, piras de conceptos aleatorios.
Tengo un tomo de un libro en un mundo dentro de una casa que es una herencia que es un relato dentro de otro relato dentro de una tradición que se inserta en otra más antigua: el Ajusco, Guatemala, la moda de los cuentos del siglo XVIII, los árabes, los persas.
Marius de Zayas, Guillaume Apollinaire, Lawrence Weiner, Georges Perec, Max Ernst, Raymond Queneau.
Cada Una De Estas Palabras Es Un Robo En Descampado.

Las mujeres mayas tejen ideogramas de algodón de Manchester, los escribas de antaño usaban papiro, corteza, arcilla, los de ahora madera hecha pulpa. Y también usamos remedos de hojas, copias de la escritura, puntos unidos sobre superficies luminosas que han pasado por un proceso de depuración que ha llevado a la escritura a ser un código formado solo por




cadenas de bits, ceros y unos, y de regreso hasta la copia de lo viejo. ¿Sabremos alguna vez todos leer código binario?


sábado, 26 de febrero de 2011

Mi oficio natural




A quién se le ocurre ser escritor. Una profesión rara. Las dos frases parecen venir de un mundo totalmente distante de mi vida. Desde que tengo memoria he estado rodeado de gente que escribe. Siempre entendí la literatura en un sentido amplio y todavía, gracias a Erato, a Urania y a Calíope, no cambio de parecer, sino que me gusta hacer pastiches de cuanta cosa se me viene a la mente. Por lo demás, esta no es una práctica poco común. Erasmo de Rotterdam, François Rabelais, Jean De Meung, Roberto Bolaño, William Carlos Williams, Jorge Bucay, Charles Perrault, etcétera, se dedicaron a hacer los tamales de chile, de dulce y de manteca.

Mi madre, para no ir lejos, siempre ha tenido aspiraciones literarias irrealizadas. Metió las memorias de sus viajes a un concurso que no ganó. En cambio, publicó manuales escolares de formación de maestros de lenguas extranjeras y libros de ejercicios de ruso para hispanoparlantes. Es fan de Heine y de Agatha Christie, y lee un titipuchal de libros al mes (aunque cada vez lee menos en español y más en ruso); siempre hace planes absolutamente literarios, además de vivir en un mundo regido por la imaginación, que es un rasgo típico de los escritores (o eso se supone, yo carezco totalmente de imaginación).

Mi padre, cuya única herencia (la que recibió y la que legó) fueron libros, dejó un corpus desconocido de obras inéditas, que nunca me dejó leer y que probablemente fueron desechadas. Quién sabe qué habrá sido aquello, pero supongo que algún saborcillo podría haber tenido, ya que su vida era de lo más “literaria”: el che Guevara iba a casa de su padre cuando los dos eran muy jóvenes (el che y mi padre), y luego él (mi padre, no el che Guevara) estudió sicología en la URSS, de donde regresó sin título universitario, pues según decía mi madre, que fue su segunda esposa, en vez de ir a clases estudiaba en la biblioteca hasta que consideraba que sabía más que el maestro, y luego iba a presentar los exámenes, pero no contó con que cambiaron al decano y el nuevo no le respetó el plan de estudios que llevaba. Consideraba que Osho era un farsante que poseía sin embargo un gran conocimiento, odiaba a Cortázar y a los cantantes de la Nueva Trova cubana, y de viejo (ya era viejo cuando yo conviví con él) se hizo, digamos, entre místico y liberal, y consideraba que lo peor que le podía pasar a Guatemala era la división entre ladinos e indígenas y que Rigoberta Menchú era un androide en forma de tinaja (qué bueno que ya no puede leer esto). Sin embargo, nunca dejó de estar en las listas negras de Guatemala, y siempre vivió marcado por su origen y su pasado. Escritor mítico que relaciono con él: Miguel Ángel Asturias, amigo de la infancia de su padre, que nunca fue mi abuelo, pues en el fondo (y en la superficie) no era en realidad mi padre, sino lo mejor que tuve como figura paterna.

Siendo así las cosas, ¿qué tiene de raro escribir? Yo diría que los raros son mis hermanos, que se dedicaron a la ingeniería. En mi casa solíamos leer todo el tiempo, más por ausencia de televisión y superabundancia de libros que por vocación o formación. Mi primer libro fue un cuento que escribí a mano e ilustré yo mismo, escrito por encargo de un amigo de mi madre.

Después resultó que muchos de mis amigos tenían aspiraciones literarias, así que no fue nada raro que yo empezara a hacer mis pininos como poeta maldito de bolsillo, y que combinara esto con trabajillos de revisor literario, subtitulador de películas y renovador de artículos de enciclopedia mientras seguía mi periplo como escritor contemporáneo, es decir, artista del performance.

Mi primer trabajo formal (y creo que el único en el que he tenido prestaciones), fue como reportero de notas de sociales en un periódico famoso porque en su redacción se entrenaban los futuros reporteros de publicaciones más serias. Allí adquirí un estilo que luego me costó mucho perder, por más que seguía escribiendo poemas y haciendo performance y teatro. De allí me pasé a escribir una monografía histórica, y luego pasé un periodo largo sin publicar, mas no sin escribir.

De allí, para el real. Tres libros, un montón de textos cortos y un capítulo después, sino pensando que este es mi oficio natural, y que si tengo que hacer algunas otras cosas que me permiten pagar la renta y comprar comida, en realidad se trata de paréntesis entre un texto y el que sigue.

Foto en su contexto original

jueves, 18 de marzo de 2010

Reflexión presentada en NYU el 11 de marzo de 2009

La sexualidad, el género, son una parte indisociable de la identidad. Escribo a partir de mi identidad, inevitablemente, pero también escribo desde un punto externo, desde un escritor que no soy yo: ese escritor es una entidad social, lingüística. Es un doble, o una serie de dobles: no conozco cuántas capas de profundidad tiene, sólo cómo se manifiesta. Es decir, mi identidad determina la identidad de mi doble literario, pero éste tiene una vida propia, que desconozco.
De la misma forma que la feniletilamina y otros compuestos orgánicos dilatan mis pupilas y dirigen mis movimientos en el cortejo amoroso, o que alguno de mis traumas hace que me sienta atraído por determinados tipos de personas, otras fuerzas oscuras condicionan la conducta del ensayista, del poeta lírico o elegíaco, del narrador que forma parte de una narración y que se vuelve un niño, un asesino, un turista, una madre enferma, un santo, una estudiante, un esquizofrénico.
No sé muy bien cómo hablar de ese doble y sus motivos, pues ignoro qué carga de verdad poseen los artificios que son mis textos, si es posible confiar en un personaje, en un anagrama, en un soneto.
En ese sentido, toda la creación, si está definida por un ser múltiple, dirigido a cada instante hacia propósitos distintos, sería queer por definición: extraña, oblicua, excéntrica.
Tiene y no tiene que ver con la verdadera sexualidad, de manera parecida a como el lenguaje nos remite y no nos remite directamente a la realidad. Por eso no sé si es posible juzgar el resultado literario como una parte del proceso creativo, o si hay que enajenar a la persona que escribe “escritor” cuando llena una forma migratoria, del ser que se dedica realmente a escribir, y que vive dentro del otro.
Como el dios griego Hermes, como el dios yoruba Echú Eleguá,
como todos los tricksters, los personajes mitológicos que rigen las puertas y los caminos, la voz de la creación se mueve entre lo alto y lo bajo, entre las capas superiores de la conciencia, la voluptuosidad de los sentidos y los antros de los deseos más ocultos, de las fantasías más innombrables. Tiene alas leves, piernas fuertes y un gusto perverso por la travesura y la malicia. Toma vías francas o senderos ocultos, se alimenta de lugares comunes o de algas podridas, de aguas estancadas.
A veces brota y me subyuga, me toma y me obliga a actuar en contra de la que yo creía mi naturaleza, a veces se oculta por semanas o meses, o años, a veces convive con la compra del supermercado, con la limpieza del departamento, con las vacaciones. Mi doble comparte muchos de mis gustos y mis intereses, mira la tele conmigo, lee conmigo, va al cine y come conmigo. Es más competitivo que yo, más apasionado, más irónico, más libre. A mi doble le gustan los textos tiernos pero poderosos, como los poemas de Elisabeth Bishop, de e.e. Cummings o de Ramón López Velarde, o los terribles, azotados como decimos en México, como el Réquiem de Anna Ajmátova, Los amorosos de Jaime Sabines, o Lady Lazarus, de Sylvia Plath. Mi doble tiene su propio pasado: secretamente, soñaba con ser un genio como Rimbaud,
un poeta nacional como Víctor Hugo, tener un cortejo fúnebre de seis meses que tocara todos los puertos desde Montevideo hasta Veracruz como Amado Nervo, lograr sin proponérselo que los niños aprendieran de memoria sus poemas en la escuela, como Rubén Darío:
La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
Que ha perdido la risa, que perdido el color…
Esos anhelos acechan en el inconsciente de mi doble, y le dan un carácter grandilocuente a todo lo que escribe. Luego, otro aspecto de ese mismo doble tiene que hacer un esfuerzo enorme por domar esa voz pretensiosa, por editar y transmutar en frases exactas la materia prima de la creación. Aunque me encantaría suponer que la fuente está en otra parte, ese es el material a partir de la cual se construyen mis textos: una mezcla sucia de recuerdos, obsesiones, fantasías e ideas preconcebidas.
Me encantaría pensar en mí como un poeta de la claridad, de la precisión y de la luz, un poeta que roza la materia y la transfigura, un poeta capaz de tomar un cuadro de Claude Monet, como hizo Octavio Paz con el cuadro de los cuatro chopos que está aquí en el Museo Metropolitano, y transformarlo en una construcción poética perfecta, simétrica.
Pero no me hago ilusiones: creo estoy mucho menos involucrado en el proceso creativo, que tengo un poder de decisión muy menor, a veces incluso creo que escribo sobre lo que puedo, no sobre lo que quiero, y que si no tuviera otra faceta obsesiva y meticulosa me sería imposible terminar cualquier texto.
Poco a poco, el aspecto fastidioso de mi persona literaria ha cobrado terreno, y cada vez ocurre menos que un texto aterrice mágicamente completo, furioso, en una página de mi libreta. Por el contrario, cuando escribo a mano, puedo constatar que es sólo la computadora la que me permite perpetuar esa ilusión de perfección inmediata absolutamente falsa.
Eso de estar convencido de tener un doble que hace el trabajo sucio es muy conveniente. Es conveniente porque puedo escribir de cualquier cosa, permitirme la indisciplina total, la pereza, la desorganización, el caos. Puedo tomar una frase cualquiera, un jirón, un motivo, un vestigio y escribir a partir de allí un texto completo sin un plan preconcebido.
Por otra parte, escribir esta reflexión me ha hecho darme cuenta de que las estrategias creativas,
aun si son estrategias útiles, o anti-estrategias, tienen que cambiar, seguir su propio curso, y es necesario adaptarse a esos cambios para poder seguir creando. Siempre admiré al escritor francés Georges Perec, quien usaba una serie interminable de restricciones o reglas para escribir, desde bicuadrados latinos y poligrafías del caballo en el tablero de ajedrez, que usaba para establecer el número de capítulos y el orden de éstos en sus novelas, hasta listas de los elementos que debían aparecen forzosamente en ellos. Sin embargo, Perec creía firmemente que el verdadero genio radicaba en destruir el propio sistema desde dentro.
Creo que apenas empiezo a comprender lo que eso significa. A veces es mejor creer que el caos lo toma a uno por asalto, que hay alguien que le dicta los textos, para lograr mantener a raya los fantasmas de la organización, los textos por encargo, el peso inevitable de la responsabilidad de estar vivo, pagar cuentas, vivir la vida del que pone “escritor” en la forma migratoria.
Tal vez es sólo una forma conveniente de afrontar el hecho de que escribir todos los días, de manera disciplinada, y hacer una lista de temas y referencias antes de empezar, puede ser la mejor forma de acabar un texto en una fecha determinada; aunque si uno creció rodeado de fantasía, la fantasía parece más necesaria que cualquier restricción.
Quisiera terminar esta reflexión leyendo para ustedes un par de textos míos que tratan del proceso creativo. El primero es un poema sobre la palabra, del libro Reglas de urbanidad, que fue publicado por Quimera;
el segundo es el borrador del prólogo del libro que estoy escribiendo ahora, titulado tentativamente El deshielo, que trata de las relaciones entre Estados Unidos y México desde que México se fundó como nación hace doscientos años.


Era texto y palabra,
Confundida la lengua con la repetición
varias rondas de medias verdades
con el sentido cavando bajo los pies:
Ninguna puede ser mi lengua
mejor que la momentánea poderosa,
gana el derecho a la sinceridad
al vivir en mis manos como si estuviera en mi boca
Cuál sea la precisa y cuál la evocadora
la extranjera por origen o definición
la pregunta se adhiere al propietario
no para saber la respuesta,
que se ofrece a cada palabra, veleidosa
Pero hay un tiempo de palabra sorda
que se cuela desde afuera con el clima
o la misma abundante en el saludo y en los sueños
afilada para los ensayos, sencilla, pobre,
palabra de carisma relativo
La de la magia simpatética
de pan que llama a pan
la realidad turbia y ambigua
la misma realidad tangible de las cosas
hasta que alguien resiente la distancia
****

El libro de todas las respuestas. El libro de todos los dilemas, de todas las contradicciones resueltas.
La Gran Novela Americana, el nuevo libro de la almohada lleno de listas perfectas de objetos que nos agregan al mundo, de objetos que nos perpetúan, de objetos que nos agradecen su presencia. El libro de las normas del buen gusto, del buen decir, el libro de la Historia y de las historias.
El libro del tránsito, del trance y del intercambio. El libro de la vanidad y el libro de los pecados. El libro del trabajo y el libro de la migración. Libro conmemorativo, palimpsesto de países, de territorios y rencores robados, de coincidencias imposibles y de puntos de encuentro forzados. Líneas de fuga, líneas de tiempo, personajes que hablan en voces prestadas, voces aludidas, semánticas y lógicas fallidas. Este puede ser el libro de los fracasos y el libro de las locuras, el libro de los lugares comunes y el libro de las banalidades. Canta oh Paz la cólera del complejo de inferioridad, canta en proemios y exordios infinitos la dilación de ser, los juicios de la historia y de la prensa, las voces de los tiempos y de los pueblos, de las comentaristas y de los vendedores. Canta Langston Hughes la América del sueño del hermano escondido en la cocina –el sueño realizado tantos años después– cante Toqueville con el coro de todos los jurados de los Estados Unidos de América la canción de la redención perenne de la democracia, cante Walt Whitman la gloria de las lilas que florecen en primavera en honor a los héroes, la gloria de la invasión militar, pero también la canción de las barcazas, los puentes y los muelles, de los transeúntes.
Cantan los homenajes, las traiciones, las estructuras, las teorías, las voces propias, las prestadas, las robadas. Canta la guerra y la paz, la historia como el cántaro de barro y el espacio hueco como el sentido de la vida.

***

Leo y releo con la intención de organizar, de supeditar, de transferir, de crear en el filo minúsculo que se tiende entre el caos y el sistema. Mientras más me arremolino en la cama leyendo y pensando en las valiosísimas horas de cosas infinitamente importantes que debería estar diciendo, que debería haber dicho ya, más me justifico diciendo que al menos yo soy consecuente, yo edito en mi mente lo que digo,
le doy una forma acabada antes de vomitarlo de mala manera, justamente como hago ahora, en un ataque de culpa. Hay tantas cosas sobre las cuales tendría que estar escribiendo. ¿O no? Tengo una lista mental de temas que ni siquiera he puesto por escrito porque no me parecen relevantes, un rompecabezas que ya debería estar transformado en una estructura coherente, que correspondiera con el índice que escribí el primer día de la escritura de este libro que ahora mismo parece absolutamente imposible.
–“Estoy escribiendo sobre los paralelismos entre México y los Estados Unidos” –recuerdo que le dije a una escritora.
– “¿Cuáles?” –fue la respuesta inmediata.
¿Cuáles? Repito frenéticamente, inusitadamente, transitoriamente. ¿Cuáles? Me dice la sala de la que apenas salgo, el escritorio de aluminio. ¿Cuáles? Me grita el libro de ensayos de Monsiváis que está en la cama al lado de una pila de libros que incluye una nueva historia mínima de México, El laberinto de la soledad, el diario de la filmación de una road movie mexicana en Estados Unidos, Leaves of Grass, una compilación de John Ashbery, El gran acuerdo (del estado mexicano salinista para ceder el control de las empresas paraestatales a unas cuantas empresas privadas), un libro de cuentos de Perrault.
¿Cuáles?, me dice mi herencia multicultural pero tan marcadamente mexicana, cuáles, me dice la barrera inexistente pero visible que se erige entre yo y la calle, cuáles, me grita el silencio del editor y los mil compromisos impostergables de la vida en español que he trasplantado a Nueva York desde la Ciudad de México.
He salido a buscar las respuestas, he intentado escribir las respuestas, superponer las respuestas en las caras de los transeúntes, en la limpieza cotidiana del departamento, en las largas partidas de backgammon, los paseos por el Met, las galerías de Chelsea, el barrio chino, las playas de Long Island.
Busco y encuentro, transcribo en el tiempo, por más que sea un mero movimiento solar y terrestre,
una percepción internalizada y anodina.
Nunca había tenido una percepción tan clara, tan material, del tiempo. Un mito por otros.